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miércoles, 15 de febrero de 2017

Autoestima: Cómo influye en el sobrepeso

“De todos los juicios que hacemos a lo largo de la vida, ninguno es tan relevante como el que hacemos sobre nosotros mismos, porque este juicio es el motor de nuestra existencia”. Nathaniel Branden.

¿Cómo es posible que tras decenas de dietas una persona no sea capaz de aprender a comer bien y mantenerse dentro de unos límites saludables de peso?

A un intento le sucede otro nuevo, con prácticamente los mismos resultados. Se logra bajar una cantidad considerable de peso, muchas restricciones alimentarias, y al dejar la dieta, o bien porque se ha alcanzado el resultado deseado o porque se ha agotado toda la motivación, se recuperan todos los kilos y alguno más de regalo.

Cualquier persona con sobrepeso verá que en esto se resume su vida: una dieta tras otras y una sensación de pérdida de control sobre su cuerpo y, por sobregeneralización, sobre su vida. Aparecen dietas milagro, nuevos ejercicios y tratamientos y el pensamiento de que esta vez sí será la buena resurge en la cabeza. Los intentos no llegan a dar sus frutos, algo falla y no encuentran la explicación.

Sin embargo, todo es mucho más fácil de lo que parece a simple vista. Para ello, debemos entender el cuerpo como una mezcla de sentimientos, pensamientos, emociones, personalidad y genes. Todo, absolutamente todo, conforma lo que somos. Entidades que se relacionan estrecha y directamente. Entidades que no existirían si una de ellas desapareciese. Por tanto, si decidimos bajar de peso, ¿no estarían en juego también otros factores y no sólo la alimentación y el ejercicio físico? De hecho, son los otros factores los que sustentan la dieta y los nuevos hábitos.

Y podemos aún simplificar más la ecuación. Emociones, pensamientos, sentimientos y, por supuesto, conductas se encuentran abarcadas sobre un único concepto: la autoestima, nuestra capacidad de valoración propia y del mundo, un conjunto de creencias basado en las experiencias acumuladas a lo largo de nuestra vida.

“Siempre hay un momento en la infancia en el que se abre la puerta y se deja entrar al futuro”. Deepak Chopra.

Al principio de nuestra vida, cuando somos bebés y niños pequeños, nuestra forma de ver y entender el mundo no se extiende más allá de nuestros padres y nuestros familiares más cercanos. Todo lo que ellos dicen se convierte en una verdad universal. Por tanto, su forma de relacionarse entre ellos, con nosotros y también con ellos mismos, es para nosotros una verdad irrefutable. Sus prejuicios, sus discusiones, sus enfados y, por supuesto, también sus cosas buenas, van creando en nosotros una carta de vida que se irá convirtiendo poco a poco en nuestra personalidad.

Si nuestros padres -primero padres y después las demás personas que se irán sumando a nuestra vida, como nuestros profesores- nos dicen que somos malos, nosotros creeremos que somos malos. Si nos dicen que somos incapaces de hacer nada a derechas, nosotros lo convertiremos en una verdad absoluta. Vamos absorbiendo todo lo que nos dicen y hacen, siendo este el patrón que repetiremos en nuestra vida adulta.

Por tanto, la autoestima es el pilar sobre el que se construye nuestra vida: emociones, sentimientos, pensamientos y conductas. Somos lo que somos y hacemos lo que hacemos porque nuestra autoestima así nos lo marca. Y, además, siempre buscará la forma de demostrarnos que tiene razón. ¿Creemos que no somos capaces de aprobar un examen? Encontrará el camino para que esto se confirme: no estudiaremos lo suficiente, faltaremos a clase, decidiremos salir de fiesta la noche anterior… Lo que sea por confirmar la creencia.

Interfiere en todas las áreas de nuestra vida, lo que también incluye nuestro peso, la forma de comer, la alimentación y nuestros hábitos. Una autoestima baja, decidida a sabotearnos para volver a tener razón: no mereces ser feliz. Porque, aunque parezca impensable, podemos llegar a odiarnos a nosotros mismos.

Una baja autoestima, que implica una valoración excesivamente desfavorable sobre nosotros mismos, acaba generando odio y rencor hacia lo que somos. Un odio que hace que busquemos personas, conductas y hábitos que nos dañen. Un odio que muchos dirigen hacia la alimentación, ya que a corto plazo genera calma y satisfacción debido a mecanismos biológicos, pero que conlleva la posterior culpa, generando aún más odio.

Como decíamos antes, la autoestima siempre quiere tener razón, y con la comida y la falta de control sobre ella, se consigue. Este círculo vicioso, hace que sintamos que hemos perdido el timón sobre nuestra propia vida, y como necesitamos encontrar la calma, volvemos a comer, acabando convertidos en esclavos de la comida, el espejo y la báscula, incapaces de diferenciar el hambre real del emocional, sin freno y criticándonos aún más. Hemos conseguido odiarnos y comemos para demostrarnos lo débiles que somos.

Después de esto, lógicamente podemos entender que el problema del sobrepeso no reside en la alimentación o la vida sedentaria, sino que detrás de ello hay un conjunto de creencias limitantes bajo la dictadura de la autoestima que van a hacernos fracasar una y otra vez en los intentos por salir del agujero.

La solución está en aprender a controlar nuestras emociones, nuestros sentimientos, pensamientos y conductas y, para ello, debemos trabajar lo más importante, la autoestima. La labor consiste en ir reformulando nuestras creencias, convertirlas en aliadas y poco a poco ir creando unos cimientos de amor propio y valoración positiva que cooperen en nuestros objetivos, no que se conviertan en nuestro peor enemigo.

Trucos psicológicos para comer menos durante las fiestas

En estas fechas es casi imposible no plantearse la cuestión de las comidas navideñas, cenas de empresas, reuniones con amigos y familiares (casi siempre acompañadas de comidas o aperitivos)… Por ello, vamos a ver cómo nuestra cabeza puede ayudarnos a no cometer los excesos de los que luego podemos sentirnos culpables o arrepentirnos.

Los psicólogos pueden ayudarte en muchas áreas, empezando por ayudarte a darte cuenta que tienes un problema alimenticio (si es que lo tienes), mejorar la adherencia a una dieta, con trastornos de la alimentación… pero en este caso vamos a tratar de dar simplemente algunos consejos para que nuestra cabeza le gane la batalla al estómago.

En primer lugar tengo que saber ¿Por qué quiero controlar mi comida? y también ¿Realmente lo necesito? Responder a estas preguntas nos ayudará a estar motivados y concienciados de lo que queremos cambiar y sobre todo del por qué de ello.

En segundo lugar ¿Qué quiero conseguir? Necesito tener los objetivos claros, tienen que ser realistas pero desafiantes, es muy importante que tenga un plan de acción para llevarlo a cabo y me organice diferentes tipos de objetivos a corto, medio y a largo plazo.
Puedo consultar a un nutricionista o a algún profesional para que me aconseje que alimentos ingerir y cuales evitar si no se cómo hacer.
Hasta aquí hemos hablado a grandes rasgos y en aspectos generales de por dónde podemos empezar a tomar las riendas de este asunto, pero lo que muchos buscamos son respuestas breves y sencillas a las preguntas que tenemos, por eso os dejamos estos “tips” a la hora de sentarnos en la mesa para mejorar nuestros hábitos alimentarios:

La expresión “se come por los ojos” es muy cierta, ya que nuestro cerebro está preparado para detectar qué alimentos nos son provechosos y cuáles no, y la forma más fácil que tiene es mediante los sentidos de la vista y el olfato. Tenemos que ser conscientes de esto para no dejarnos llevar por esas ganas irrefrenables de comer cuando vemos u olemos algo con muy buena pinta.
¿Realmente tengo hambre? Uno de los problemas es que muchas veces comemos “por hacer algo”, es decir, ya que han puesto ese plato de papas en la mesa pues cojo, pero muchas veces comemos y no tenemos ni siquiera ganas de comer.
Derivado del punto anterior, viene el problema del picoteo. Cuando pico algo, ¿Sé realmente la cantidad que he comido?, en el 90% de los casos no. Además normalmente los aperitivos no suelen ser productos muy sanos, solemos picar fritos o cosas similares con altos contenidos calóricos. Por todo ello es muy importante controlar qué y cuánto “picoteo”.

Cuando nos servimos en nuestro plato la comida, tenemos que recordar lo que hemos dicho de que comemos con los ojos. Si yo me pongo el plato hasta arriba mi cabeza muchas veces no se da cuenta y nos comemos todo el contenido sin pensarlo, en cambio si yo me sirvo medio plato y al finalizar me quedo con hambre, tengo la posibilidad de repetir si lo necesitase.

Otro pequeño truco que podemos usar para engañar a nuestro cerebro es utilizar platos más pequeños, con lo que las porciones que sirvamos parecerán más grandes al compararlas con el plato y nuestro cerebro sentirá que es más fácil saciarse.
Por último, si yo me dedico a comer como una máquina sin procesar lo que estoy ingiriendo, mi cabeza no se da cuenta y no tendré tanta sensación de saciedad. Por ello, es bueno ser consciente de lo que voy comiendo, si me he servido cierta cantidad de esto o de aquello, si cojo cucharadas a rebosar o más pequeñas, si engullo o mastico bien las cosas…


Este es otro consejo, si mastico bien, obtengo al menos 3 beneficios, por un lado facilitaré luego la digestión y absorción de nutrientes, y por otro lado me hago más consciente de lo que estoy comiendo, tanto de la cantidad como de los sabores, textura y demás cualidades. Finalmente, al masticar más rato, tardo más en volver a ponerme comida en la boca y eso conlleva a que como menos ya que le estoy dando tiempo a mi sistema a que de la señal de que ya se ha saciado y ha comido suficiente.

Con todos estos consejos, sólo nos queda empezar a ponerlos en práctica y aprender a disfrutar de la comida sin cometer excesos de los que luego nos arrepentiremos.